«Habían pasado dos días y nadie hablaba de lo de mi papá.
La noche anterior me había dedicado a perseguir a mi mamá: me planté a su lado cuando lavó los platos, cuando miró la novela y hasta cuando se sentó a orinar. Le insistí que me dijera qué era lo que no podíamos contarle a nadie. Ella se hacía la sorda, me ignoraba, hasta que en medio de un bostezo me dijo:
-Lo que le pasa a tu papá.
-¿Y qué le pasa?
-Que a veces se muere.
Y después siguió como si nada.»

lo-que-no-aprendi

Ser niño y vivir cada momento como tratando de desentrañar un misterio enorme es algo que todos hemos sentido alguna vez en nuestra vida y por eso resulta tan fácil identificarse con Caty, protagonista de esta pequeña, pero intensa novela, aunque sus misterios infantiles y los nuestros se parezcan tan poco.

Cartagena de Indias, Colombia, principios de los noventa, un padre taciturno y medio brujo, pero entregado a resolver los problemas del mundo; una madre fuerte, pero capaz de alarmarse hasta el extremo si escucha a alguien decir que hay que hablar; las hermanas mayores, las mellas, tan arquetípicas que pareciera que tan solo viven para aprender a casarse; un hermano tan pequeño y repelente que ni hablar de él merece la pena; un vecino influyente y poderoso convencido de que Pablo Escobar se entregará y un jipi ufano, aunque claramente desnortado. Todo ello sumado a una curiosidad inagotable y a una inocencia en ocasiones irritante, son las pequeñas piezas con las que Catalina trata de construir ese pequeño edificio que es su infancia, mostrándonoslo con las armas que tiene una niña como ella para luchar contra la oscuridad del espíritu: la claridad y la franqueza.

En una sorprendente y breve segunda parte, Margarita García Robayo traza una especie de juego metaliterario en el que se plantea, años después y ya fallecido su padre, la reconstrucción del edificio derruido, añadiendo a los cimientos ya fijados los recuerdos de los otros, tan distintos que asustan. Quizá no se trate más que de buscar un modo distinto de completar el mismo puzle.

Con una belleza lingüística y una originalidad notable, la novela cuenta con algunos momentos fascinantes que, a pesar de no coincidir en edad, lugar ni época, consiguen recordar a la maravillosa Ana de la película de Víctor EriceEl espíritu de la colmena”, que para mí es, desde ya lo confieso, la mejor película de la historia del cine español. Una vez más, una hermosa propuesta de la editorial Malpaso que, al menos conmigo, acierta de pleno en cada libro que edita.

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