Tal vez quienes no soporten a David Trueba lo tengan fácil para criticar su última novela, porque en ella se encuentran infinidad de lugares comunes, cierto, pero en mi humilde opinión ¡es tan difícil no soportar a David Trueba! Y es que claro, los ingredientes que el escritor escoge para componer su novela no son fáciles de manejar sin hacer caer al lector en la desilusión o incluso el hastío: los recuerdos de un músico de éxito, su grupo con Animal (su nombre ya lo define a la perfección) y su inseparable Gus, estrella ambigua y excesiva, pero profundamente humana; la evolución de la industria de la  música en los últimos tiempos; las relaciones paternofiliales de los protagonistas… receta adecuada para obtener una correcta (e incluso exitosa), pero soporífera novela.

Pero ¡amigos! hablamos de David Trueba, director-actor-escritor-periodista capaz de construir una hermosísima película con la única excusa de la tonta estancia de John Lennon en Almería  (“Vivir es fácil con los ojos cerrados”) o de crear una emocionante (y muy divertida) aventura a raíz de la juerga-escapada de Solo y sus colegas (Cuatro amigos). Hablamos de un escritor dueño ya de un lenguaje propio que aplica con maestría y de un modo tan apasionado que convierte los temas que trata, quizás algo trillados por universales, en tiernas, divertidas y sobre todo muy inteligentes historias.

En Tierra de Campos, el autor utiliza el largo viaje de Dani Mosca desde Madrid a la comarca castellanoleonesa que da título al libro, donde dará sepultura a su padre, fallecido meses antes, para confeccionar el collage que forman los recuerdos de Dani: sus casuales inicios en la música, el despertar sexual, el amor, la amistad, la decepción… un viaje que (como casi todos los viajes) servirá de búsqueda de una identidad siempre desconocida para su protagonista. La delirante llegada al pueblo natal del padre y los agasajos recibidos como si se hubiera convertido en una celebridad mundial, servirán para que el camino sombrío y cuajado de decepciones recorrido, se convierta en el sendero deseado, por fin libre, de un esclavo de la casualidad y la inercia.

Resulta casi imposible leer la novela sin esbozar una eterna sonrisa (a menudo amarga) por las divertidas situaciones creadas, la exacta ambientación en la que nos envuelve Trueba y, sobre todo, la exquisita construcción de personajes. Un placer enorme, real y sencillo… ¿o es que acaso los placeres literarios no pueden ser sencillos?

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