A menudo me sucede que, al enterarse las personas que se acercan a mí de cuál es mi ocupación actual en el mundo libresco (“recomendador” de libros), y tras esbozar una sonrisa en la que intuyo cierta incredulidad, pero también verdadero apoyo, me piden, a bocajarro, que les recomiende un libro. Me gusta porque, entre otras cosas, me mantiene en forma dado lo complicado que puede resultar este invento de ser librero sin librería, pero también dudo mucho, mucho, más que cuando estaba rodeado de mesas de novedades, de expositores imprescindibles y grandes apuestas editoriales ante próximas citas como el Día del Libro.

IntemperieComo hacía entonces, lo primero que hago es preguntarme qué tipo de libro encajará con el gusto lector de quien me mira con esa mezcla de expectación y esperanza. Después ya todo es memoria, reflejos y decisión. Hermoso. Pero hay ocasiones en las que un libro que acabo de leer me invade por dentro de tal modo que empiezo a recomendarlo con pasión, a diestro y siniestro, sin tener apenas en cuenta sus gustos, sin casi importarme los autores que suelen apasionar a ese lector, seguro como estoy de que cualquiera con algo de sensibilidad puede disfrutarlo sobremanera. “Intemperie, escrito por el extremeño Jesús Carrasco es uno de esos extraños casos.

La novela arranca de un modo cruel y duro: retratando de una manera magistral la enorme soledad de un niño que se esconde en un hueco excavado en la tierra arcillosa tratando de escapar de su padre. Como sucedía en aquella obra maestra de Cormac McCarthy titulada “La Carretera” (primera referencia inevitable), desconocemos el cómo, el cuándo y el por qué, pero seguimos al niño y su huida mecidos por un lenguaje preciso, hermoso y muy cercano.

En los primeros momentos en los que el terror y la quietud se apoderan del niño, el paisaje se convierte en un personaje más (por no decir en el protagonista) de la historia y resulta inevitable recordar y sentir al gran Miguel Delibes en cada descripción, en cada rincón del páramo (segunda referencia inevitable, y pocas veces unas identificaciones literarias promovidas por la editorial resultan tan evidentes, sin ser acusadoras). Muy pronto, el joven da con un viejo cabrero quien, sin pedir nada a cambio, ni tan siquiera unas palabras o algo de comida, ayuda al chico a seguir con sus intenciones, sean cuales sean.

Como sin darnos cuenta, la novela va tomando un ritmo menos pausado, van apareciendo más personajes y comenzamos a sentir la necesidad de seguir leyendo atrapados ya en ese terror sin sentido, en esa violencia descarnada en la que niño y cabrero van cayendo debido al hambre, la mala suerte o la misma piedad cristiana: en definitiva por la mezquina existencia del ser humano.

Que no os influya la enorme campaña publicitaria realizada por la editorial (comprensible si tenemos en cuenta que se trata de una primera obra), las proclamaciones como mejor obra del… que la crítica profesional ha hecho de la novela, ni tampoco los muchos comentarios negativos sobre el libro leídos en las últimas semanas en las redes sociales provenientes, curiosamente, de jóvenes escritores que suelen reivindicar la nueva literatura (¿contradicción? ¿clarividencia? ¿envidia? poco importa): acercaos a la novela, sufridla y disfrutadla. No creo que os deje indemnes.

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